Un sector que necesita certezas para trabajar
La industria argentina, que produce para el mercado local y además para la exportación, demanda bienes, piezas e insumos importados que no están ingresando con la fluidez y la previsibilidad necesarias. Esa incertidumbre condiciona decisiones empresarias y la capacidad de respuesta a la incipiente recuperación de la economía. Dirigentes de siete cámaras y entidades alertan en estas páginas sobre el impacto que la administración de las licencias no automáticas está teniendo sobre la actividad. Piden también la apertura de canales de diálogo que permitan corregir errores y prevenir efectos no deseados.
Hace ya una
década, el comercio exterior argentino totalizaba 156.941,8 millones de
dólares, el punto más alto de su historia, con exportaciones por 82.981,1
millones —una cifra también récord— e importaciones por 73.960,7 millones. A
partir de 2012, las ventas externas comenzaban una lenta caída, sin solución de
continuidad a la vista, mientras las importaciones iban acomodándose a las
intermitencias de la economía y de las políticas comerciales. Tras las subas de
2017 y 2018 —con el consecuente déficit en la balanza, por primera vez en dos
décadas—, las compras externas cayeron fuertemente en 2019 y todavía más en
2020, ya bajo los efectos de la pandemia. El saldo de 12.528,0 millones de
dólares se encuentra 38,9% por encima del alcanzado en aquel 2011, pero en el
marco de una contracción de la actividad casi simétricamente inversa: -38,0%.
A lo largo de 2020, a tono con el fenómeno inédito que
sacudía al conjunto del planeta, las exportaciones registraron una contracción
de 15,7%, que se ubica casi en el doble para las manufacturas industriales
(-30,7%), destinadas en buena medida a los países de la región. En tanto, las
importaciones disminuyeron 13,8% en promedio, con tasas más altas para rubros
como combustibles y lubricantes (-40,6%), automóviles (-31,7%) y piezas para
bienes de capital (-25,0%). Por su parte, los números del primer bimestre de
este año marcan un incremento de las ventas (8,2%) inferior al de las compras
(12,3%) respecto de los valores deprimidos de igual período de 2020. Arrojan
también un saldo de 2.131 millones de dólares, probablemente más cercano a los
objetivos oficiales que las magras diferencias que venía exhibiendo la balanza desde
septiembre pasado.
Con exportaciones muy concentradas en un número
relativamente bajo de empresas y en unos pocos bienes, con preponderancia de
los graneles agrícolas y minerales, el tono del comercio exterior argentino
suele estar dado por las importaciones, sujetas desde siempre a controversias
en el marco de la llamada restricción externa. Bajo ese nombre, se encuentra la
dificultad para mantener un crecimiento sostenido —demandante de bienes,
insumos y piezas no producidos en el país— en una economía signada por la
escasez crónica de dólares, el peso de esa divisa en las decisiones de los
actores y las crisis no menos recurrentes de la balanza de pagos. Así, los
gobiernos suelen acudir a herramientas que restringen, dilatan o disuaden las
compras externas, entre ellas, las licencias no automáticas de importación
(LNA), previstas en los acuerdos fundacionales de la OMC y aplicadas en
diferentes oportunidades. Como ocurre a menudo con los medicamentos, la receta
puede tener también efectos adversos.
Desde el dictado de la Resolución 523, en julio de 2017, el
universo de las LNA ha experimentado sucesivas modificaciones y ampliaciones
que lo convierten en un intrincado rompecabezas. Hoy por hoy, incluye 1448
posiciones arancelarias NCM, de las que cerca de la mitad se concentra en la
sección XI del nomenclador, donde se ubican las materias textiles y sus
manufacturas, y algo más de una quinta parte en la XVI, que comprende un
conjunto muy diverso de máquinas y aparatos, mecánicos, eléctricos y electrónicos
(ver recuadro). En cualquier caso, el problema no pasa por la magnitud
relativa del listado —que se incrementa notoriamente cuando se consideran las
aperturas SIM—, sino por la incertidumbre en torno a la resolución de las
tramitaciones, que condiciona el ingreso de bienes intermedios, insumos y
piezas para procesos productivos y pone entre paréntesis la continuidad de una
serie de servicios, aduaneros, de transporte, logísticos y comerciales, que
ocupan a decenas de miles de personas.
Antes de que se desatara la pandemia, el ministro de
Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, y el secretario de Industria, Economía
del Conocimiento y Gestión Comercial Externa, Ariel Schale, habían anticipado
que el nuevo gobierno llevaría adelante una política de administración del
comercio. En declaraciones formuladas a mediados de marzo, ambos minimizaron
las dificultades con las LNA y las atribuyeron a desajustes provocados
fundamentalmente por la recuperación de la actividad industrial. El ministro
anticipó incluso que habrá un escenario más holgado que el año pasado en cuanto
a la disponibilidad de dólares para esas compras externas.
El pulso del sector es otro, según surge de las consultas de
esta revista con directivos de una serie de entidades. Al igual que sus pares,
Enrique Loizzo, presidente del Centro Despachantes de Aduana (CDA), señala que
las importaciones incluidas en el régimen de licencias automáticas están
ingresando con normalidad, incluso en plazos más ágiles. El problema está
centrado en las LNA. “Entre todos los despachantes, que atendemos diferentes
rubros, el comentario cotidiano es que no salen”, grafica. Subraya también que
a muchos importadores, pequeños en términos relativos, ya les han anticipado
que verán fuertemente disminuido el cupo para sus compras externas.
“Entiendo que hay una necesidad de cuidar la industria
nacional. Todos los países lo hacen. El punto es que nosotros no producimos todo lo que necesitamos. Los insumos,
los bienes intermedios, salen, pero hay demora. Hay falta de previsibilidad. Y,
además, el que importa no es un operador que hace lo que no debe, sino que
comercializa un producto y también genera puestos de trabajo. Entonces, todas
estas incertidumbres hacen que no sepa qué hacer ni cómo va a trabajar durante
el año”, dice Loizzo y añade: “Eso, obviamente, repercute automáticamente en
nuestros estudios aduaneros, porque no sabemos con qué volumen vamos a
manejarnos. Nosotros tenemos un parámetro para saber cómo se mueve el trabajo,
que son los pedidos de autorizaciones, de SIMI (Sistema Integrado de Monitoreo
de Importaciones) que generan los importadores. Y la verdad es que la pila no
aumenta, sino que baja cada vez más”.
El
establecimiento de LNA es una facultad reconocida por la OMC y contemplada en
la ley 24.425, por la que la Argentina aprueba el acuerdo de Marrakech, las
decisiones consensuadas en la Ronda Uruguay del GATT y una serie de acuerdos
multilaterales vinculados, entre otros aspectos, al comercio de mercancías y de
servicios. Uno de ellos se refiere, precisamente, al trámite de las licencias
de importación. En su artículo 3, que habla específicamente de las LNA, se
establece que el plazo para esa gestión no será superior a 30 días si las
solicitudes se examinan a medida que ingresan o a 60 si todas ellas son consideradas
simultáneamente.
Para Rubén
García, titular de la Cámara de Importadores (CIRA), la situación es por lo
menos problemática y la obtención de las LNA equivale a menudo a un “vía
crucis”, porque la Dirección de Gestión Comercial Externa, encargada de tramitarlas,
“no responde los llamados telefónicos ni los mails que se le envían”. Advierte
que a eso hay que sumarle las restricciones para el giro de divisas y se
pregunta “cómo se administra el comercio si se le niegan al recurrente las
licencias para productos que no se producen en el país”. En este sentido,
comenta que la Cámara nunca mantuvo una reunión con el ministro Kulfas, aunque
sí ha tenido varios encuentros con el secretario Schale, pero le preocupa que
haya que recurrir a esas instancias para destrabar gestiones operativas.
García agrega que
varias empresas presentaron planes de importación para este año, pero no
recibieron respuesta. Y cuando ello ocurrió, las previsiones no se cumplieron.
Tras enfatizar que cerca de 80% de las compras externas está destinado a bienes
demandados por la industria, resalta que muchas de ellas están realizando ahora
tareas de mantenimiento para evitar despidos, a la espera de reactivar su
producción.
Jorge Alberto
Pereira, presidente de la Asociación Argentina de Agentes de Carga
Internacional (AAACI), conoce esa preocupación y confirma que el volumen de las
importaciones se contrajo, aunque el impacto en su caso es diferente. Como el
resto de los referentes, sabe que la escasez de divisas plantea un escenario
difícil: alude, por ejemplo, a la situación que se genera cuando una mercadería
queda demorada en el puerto o en Ezeiza, con los consiguientes sobrecostos, que
en última instancia pagan los consumidores. “Esperemos que se pueda mejorar,
que las exportaciones aumenten, que ingresen dólares y que con eso se pueda
importar”, plantea, pero observa un cierto estancamiento en este terreno, por
fuera de los despachos tradicionales de la Argentina.
Con todo, expresa
un moderado optimismo respecto de la evolución del comercio internacional.
“Estimo que a fines de 2021, principios de 2022, empezará la nueva
normalidad”, arriesga Pereira. Entretanto, dice que en el plano
estrictamente operativo no hay dificultades y que incluso se viene avanzando
con la Aduana en varios planos, para que varias gestiones que antes demandaban
la presencia física se realicen íntegramente por sistema, como sucede con la
llamada “carpeta rosa”, que incluye toda la documentación necesaria para
desconsolidar un contenedor. “Todavía no funciona con la fluidez que nos
gustaría, pero es un paso muy importante para nuestra actividad, que va a
ahorrar tiempos y a hacer más confiables los plazos”, asegura.
En respuesta a la
consulta de esta revista, Enrique Mantilla, presidente de la Cámara de Exportadores
(CERA), hace hincapié en el grado de avance del Acuerdo de Facilitación del
Comercio de la OMC, ratificado por la Argentina en enero de 2018. Al respecto,
señala que aún no se ha concretado la conformación del Consejo Nacional de
Facilitación del Comercio, prevista en el artículo 23.2 del AFC y planteada
como una prioridad por parte del sector privado en el Consejo Publico
Privado de Promoción de las Exportaciones de Cancillería.
Sobre la base de los parámetros establecidos por el programa
Mercator de la Organización Mundial de Aduanas, observa que la tendencia
positiva que venía registrándose en materia de tiempos requeridos para el
despacho de mercaderías o desaduanamiento se vio afectada por la pandemia. En
tanto, destacó los avances producidos en la Ventanilla Única de Comercio
Exterior (VUCE), donde aún hay atrasos si la compara con la media mundial, y en
el programa de Operador Económico Autorizado (OEA), donde subsisten problemas
de coordinación normativa y en los acuerdos de reconocimiento mutuo.
Finalmente, Mantilla reconoce la actitud positiva de la Aduana para canalizar
el diálogo con el sector privado.
Loizzo coincide con García en que las restricciones
cambiarias y el endurecimiento de las exigencias de los bancos complican aún más
las operaciones. “No sabemos dónde estamos parados y eso no es bueno para el
sector, que junto con la aduana hizo un esfuerzo sobrehumano para mantener la
economía en funcionamiento durante la pandemia”, dice el titular del CDA y
enfatiza: “Quiere decir que no somos el problema. Si el Estado considera que la única manera de cuidar los dólares es
cerrarlo, creo que vamos a estar en un problema serio. Insisto: todos los
países protegen, no cabe ninguna duda; las potencias lo hacen, lo hemos visto
en el marco del acuerdo Unión Europea – Mercosur. Y no creo que esté mal. El
tema es cómo se hace, porque si cerramos todo se caerán muchísimos actividades,
incluidas todas las vinculadas al comercio exterior”.
Dice que la
Argentina tiene antecedentes en esta materia, como las declaraciones juradas
anticipadas de importación (DJAI), que “venían a cumplir, con otro nombre, el
mismo rol que ahora tienen las LNA, y no funcionaron”. Advierte también que,
como entonces, algunos importadores están empezando a recurrir a los amparos
judiciales y que algunas reclamaciones pueden terminar en la OMC.
Por su parte,
Andrés Traverso, jefe del Departamento de Comercio Exterior de la Cámara
Argentina de Comercio (CAC), le pone algunos números al balance a partir de los
resultados de una reciente encuesta realizada por la entidad en conjunto con
las cámaras de comercio exterior de todo el país. Entre los factores que
desalientan las exportaciones, las empresas mencionan en primer término las
restricciones, los mayores costos de la logística y la caída de la demanda. En
un segundo lugar, ubican al régimen cambiario actual y al tipo de cambio,
sumados a la “dificultad en el abastecimiento de insumos para la producción de
la mercadería a exportar, debido a los retrasos en el otorgamiento de las
autorizaciones y los permisos para importarlos”. Por el lado de las
importaciones, en tanto, los retrasos en la aprobación de las LNA ocupan el
primer lugar, junto a la normativa cambiaria y a los costos logísticos.
En cuanto a las
proyecciones para el primer semestre, el relevamiento indica que 46% de las
empresas estima que sus operaciones de comercio internacional se mantendrán en
el mismo nivel, 31% cree que mejorarán y 23%, que empeorarán. Por último,
reseña las principales demandas con vistas a mejorar la competitividad: medidas
que faciliten el comercio, reducción de impuestos, sobre todo de los derechos
de exportación, y políticas cambiarias claras. Traverso destaca que 75% de las
consultadas son pymes que elaboran productos industriales o alimentos.
“Nuestra entidad siempre apoyo la administración del
Comercio Exterior, y todas las medidas que contribuyeran a la sustitución de
importaciones; así mismo, promovemos las exportaciones de bienes con mayor
valor agregado y trabajamos para que más pymes se incorporen a exportarlos;
pero hoy estamos preocupados porque existe un grave atraso en la autorización
de SIMIs, y esto provocará demoras y atrasos en la manufactura de bienes, que
en el caso de ser para exportación, pueden hacer perder los mercados a nuestras
empresas”. El texto es parte de un comunicado difundido el 23 de marzo por la
Asociación de Importadores y Exportadores de la República Argentina (AIERA),
que describe las dificultades —en algunos casos, paradójicas— suscitadas por
las demoras en el otorgamiento de las LNA.
“Entendemos que la situación del sector externo es grave y
que la actual Administración se encontró con muy pocas reservas en el Banco
Central, producto de la gestión del gobierno anterior; sin embargo, creemos que
si crecen las exportaciones y se negocian las deudas en forma conveniente esta
situación se irá resolviendo. Pero para ello es de imperiosa necesidad que el
otorgamiento de SIMIs se agilice, priorizando las necesidades de producción y
buscando una eficaz solución a los desajustes en la tramitación, que, por
carecer de interlocutores y canales administrativos adecuados, se transforman
en verdaderas trabas a la producción de nuestras pymes”, sostiene AIERA.
Su vicepresidente, Juan Carlos Pereyra, expresa su
preocupación por la persistencia en el tiempo de esas restricciones, que
provocan desabastecimiento y obligan a parar líneas de producción. En diálogo
con Comercio Exterior, reconoce que “hay una preocupación de las
autoridades por mejorar la situación”, pero también que “las empresas están muy
temerosas de asumir compromisos cuando en la práctica ven que no hay una
respuesta ágil”. Apunta que las demoras en el otorgamiento de las LNA suman así
un nuevo escollo a la gestión cotidiana de las pymes, que deben hacer frente
también a las mayores exigencias del Banco Central para el giro de divisas,
aunque aclara que la entidad considera “perfectamente aceptable” ese
requerimiento.
Aunque hay casos
muy diversos, la percepción de AIERA es que hay una mayor flexibilidad cuando
se trata de materias primas para la producción: “con demora, pero poco a poco
van obteniendo una licencia”, dice Pereyra. En cambio, el criterio parece ser
más restrictivo en lo que respecto a bienes terminados. Luego de reafirmar el
carácter constructivo de la crítica realizada por la entidad, explica: “Estamos
de acuerdo con la necesidad de un control de las divisas, pero tiene que ser un
control inteligente para no caer en situaciones paradojales”.
“Muchas empresas
argentinas que quieren exportar y otras que producen para el mercado local
están teniendo problemas con la operativa de las LNA”, confirma José Luis
Lopetegui, secretario de Comercio Exterior de la Confederación Argentina de la
Mediana Empresa (CAME), y agrega que la situación se agrava porque “no hay
forma de tener un diálogo con la gente que decide”. Las empresas, dice
Lopetegui, siguen el procedimiento establecido, pero “no hay forma de que le
contesten por qué la LNA está observada, por cuánto tiempo va a estarlo y si
algún día van a otorgársela”.
“Sabemos que hay
pocos dólares porque se exporta poco, pero además en la mayoría de los casos
nos encontramos con un silencio del lado del Gobierno. Hay gente a la que la
han llamado y le dicen que le van a dar 25% de lo que importó el año pasado,
que fue casi nada. Es una angustia y una traba importante para poner en marcha
el aparato productivo. Hay un poco de trabajo, hay pedidos, pero no hay
mercaderías intermedias como para producir, porque no salen las LNA”, resume el
directivo de CAME, que se muestra escéptico acerca de un incremento de las
exportaciones que permita disponer de los dólares necesarios para importar más,
pero advierte: “Estamos en un país interdependiente, interconectado, en un
mundo interdependiente, comercialmente interconectado. No podemos salir de eso,
porque se nos desarma toda la industria.
Como el resto de los referentes del sector, Loizzo enfatiza la necesidad de
un diálogo fluido que
permita resolver estas situaciones. De hecho, ya ha transcurrido más de un año
desde la audiencia que el secretario Schale mantuvo con el CDA, en compañía del
subsecretario de Política y Gestión Comercial, Alejandro Raúl Barrios, y
el director nacional de Gestión Comercial, Guillermo Bormioli. “En esa reunión,
nos dijeron que la intención era tener un comercio exterior administrado. Lo
que nosotros queremos, lo que el mundo del comercio exterior quiere, es que nos
digan de qué manera, para tener reglas claras y saber cómo manejarse. Pedimos
previsibilidad”, afirma.
“No estamos
planteando el apocalipsis, pero sí un problema cierto, y encontramos que se
cierran cada vez más puertas. Cuando se cierra una puerta para proteger a uno
que está de este lado de la frontera, también estamos perjudicando a otros que
también están, a un sector muy importante. No solo los despachantes de aduana:
los que importan, los que transportan, los estibadores, los que venden
servicios, los operadores logísticos. Todos sufren el impacto negativo en su
actividad laboral, que puede llegar hasta la pérdida del trabajo. Esto se
resuelve con previsibilidad. Administrar significa que sepas qué se puede
hacer, qué no y hasta dónde. No es una pelea de buenos contra malos ni de malos
contra buenos. Todos vivimos en esta casa”, concluye.
Fuente: Revista CDA "Comercio Exterior"



