La Aduana moderna y el oficio de ser escuchado: Una crónica sobre la OMA, el sector privado y el lugar singular del agente aduanal

La Aduana moderna y el oficio de ser escuchado: Una crónica sobre la OMA, el sector privado y el lugar singular del agente aduanal

Artículo escrito por Marcelo de Castro Ferreira.

A veces, una nota institucional dice más por lo que sugiere que por lo que anuncia.

La Organización Mundial de Aduanas publicó, el 8 de mayo de 2026, una reseña sobre las 251ª y 252ª sesiones de su Comité Técnico Permanente. El texto se refiere al comercio electrónico transfronterizo, la innovación, el Modelo de Datos, las tecnologías disruptivas, Smart Customs, las zonas francas, el Operador Económico Autorizado, las reglas de origen, la sostenibilidad, las fronteras frágiles y la cooperación internacional.

Todo ello es propio de la aduana contemporánea.

Pero, entre esos temas, hay una referencia discreta que merece una lectura atenta: la discusión sobre la actualización de los Terms of Reference y de las Rules of Procedure del Private Sector Consultative Group, el PSCG.

En otras palabras, mientras la OMA moderniza sus instrumentos técnicos, también revisa la forma en que escucha, organiza y estructura la contribución del sector privado. Y eso no es un detalle administrativo. Es gobernanza.

Modernizar la aduana es también modernizar la forma de escuchar a quienes viven la aduana.

Escribo como agente aduanal brasileño, despachante aduanero en la tradición jurídica y profesional de mi país. No para reclamar centralidad, ni para convertir una reflexión institucional en una defensa corporativa. Escribo desde el lugar de quien, en Brasil, acompaña diariamente la distancia que muchas veces separa la directriz internacional de su aplicación concreta. Entre la norma y el despacho hay sistemas, documentos, datos, riesgos, responsabilidades, plazos, requerimientos, interpretaciones y decisiones.

Es en ese espacio, muchas veces silencioso, donde la profesión revela su utilidad pública.

La aduana moderna necesita tecnología, sin duda. Necesita datos, interoperabilidad, inteligencia artificial, gestión de riesgos, trazabilidad y cooperación entre agencias. Pero también necesita personas e instituciones capaces de comprender cómo todo ello se materializa en la operación. Un modelo de datos sólo es útil si la información que lo alimenta es correcta. La gestión de riesgos sólo es eficiente si la declaración es consistente. La facilitación sólo se realiza cuando la mercancía cruza la frontera de manera regular, segura y previsible.

El sector privado, en este contexto, no es una abstracción. Tiene muchas voces. Hay importadores, exportadores, transportistas, operadores logísticos, recintos, plataformas digitales, empresas globales, asociaciones sectoriales y categorías profesionales. Cada uno de esos actores observa la aduana desde una posición distinta. Todos pueden contribuir. Pero no todos contribuyen de la misma manera.

De ahí la importancia de una escucha calificada.

El PSCG, como grupo consultivo del sector privado ante la OMA, cumple precisamente ese papel: aproximar la formulación internacional a la experiencia práctica. Su función no es sustituir a la autoridad pública ni disputar con los miembros gubernamentales de la OMA la conducción de la política aduanera. Su función es ofrecer percepción operacional, lectura de impactos, conocimiento de cadenas, diagnóstico de cuellos de botella y contribución técnica.

Por ello, cuando se discuten las directrices de funcionamiento del PSCG, la pregunta esencial no debería ser únicamente quién entra, quién sale o cuánto tiempo permanece. La pregunta más importante es otra: ¿qué tipo de contribución desea recibir el sistema internacional del sector privado?

La respuesta pasa por la representatividad, pero no se agota en ella. En materia aduanera, representar no significa solamente hablar en nombre de empresas o sectores económicos. Significa comprender cómo una regla internacional se transforma en documento, dato, declaración, licencia, parametrización, control, requerimiento o despacho.

La aduana es un campo de alta tecnicidad. Sus debates involucran clasificación arancelaria, origen, valor en aduana, regímenes, controles administrativos, seguridad de la cadena logística, OEA, comercio electrónico, sostenibilidad, zonas francas, interoperabilidad de datos y gestión de riesgos. En ese entorno, la participación privada debe ofrecer algo más que presencia. Debe ofrecer experiencia, evidencia, diagnóstico y capacidad de implementación.

Tal vez éste sea el punto: la gobernanza aduanera global no debe limitarse a ampliar la escucha. Debe calificarla.

Es aquí donde el agente aduanal aparece como un oficio singular.

El agente aduanal no es sólo un intermediario documental. Tampoco es un simple usuario de sistemas. Es un profesional que opera en la frontera entre la norma y la práctica. Su trabajo exige conocer la legislación, interpretar documentos, organizar información, orientar operadores, prevenir inconsistencias, dialogar con autoridades, utilizar sistemas electrónicos y comprender requerimientos de órganos intervinientes.

En la vida cotidiana, el agente aduanal percibe dónde la norma funciona, dónde el sistema falla, dónde la información se pierde, dónde el control se vuelve excesivo y dónde la facilitación puede perfeccionarse sin sacrificar seguridad.

Esa experiencia no es menor. Es, precisamente, la experiencia de la implementación.

El Acuerdo sobre Facilitación del Comercio, de la Organización Mundial del Comercio, ofrece una clave importante para esta reflexión. Al tratar a los customs brokers, el AFC no elimina la figura profesional ni desconoce los regímenes nacionales que disciplinan su actuación. Lo que busca es transparencia, objetividad y prevención de barreras indebidas. La lectura adecuada no es la desvalorización del oficio, sino su inserción en un ambiente regulatorio más claro, proporcional y previsible.

Las propias WCO Customs Brokers Guidelines también ayudan a evitar confusiones. Apuntan hacia un enfoque equilibrado, en el cual el customs broker puede contribuir a la facilitación, la conformidad, la cooperación y la modernización, sin que ello signifique borrar la distinción entre los papeles de los diversos actores de la cadena.

Y aquí hay un punto sensible.

La alianza entre Aduana, empresa y agente aduanal es fundamental. Pero alianza no es transferencia indistinta de responsabilidad.

El agente aduanal debe ser reconocido como socio técnico de la administración aduanera y de los operadores económicos. Pero ese reconocimiento no puede convertirlo en garante universal de la operación de comercio exterior. Cada actor tiene deberes propios, capacidades propias de control y distintos niveles de acceso a la información.

El importador conoce su relación comercial, su proveedor, la finalidad económica de la operación y la mercancía adquirida. El exportador conoce el origen de la venta y los elementos de la operación internacional. El transportista responde por la ejecución logística. El depositario responde por la guarda. La autoridad aduanera ejerce el control público. El agente aduanal actúa técnicamente en la representación, la organización documental, la declaración, la orientación procedimental y la interlocución con sistemas y autoridades competentes.

Confundir esos planos es peligroso.

Cooperación no es absorción de deberes ajenos. Confianza no es presunción de culpa. Profesionalización no es desplazamiento integral del riesgo hacia el representante aduanero.

La responsabilidad del agente aduanal debe modularse conforme a su función efectiva, su conducta profesional, su grado de acceso a la información y su participación concreta en el hecho analizado. Ése es el punto de equilibrio. Valorar al agente aduanal no significa responsabilizarlo por todo. Y limitar su responsabilidad a su papel propio no significa disminuir su importancia.

Al contrario. Una gobernanza madura reconoce la relevancia técnica del profesional justamente porque comprende los límites y la naturaleza de su actuación.

En el plano internacional, esta profesión cuenta con canales institucionales propios. La International Federation of Customs Brokers Associations, IFCBA, expresa la dimensión global de los customs brokers. ASAPRA, entidad internacional de agentes profesionales de aduana, con presencia asociativa en las Américas, Europa y África, expresa una tradición de representación profesional que atraviesa distintas realidades nacionales.

Citar a la IFCBA y a ASAPRA no es establecer una comparación con otras entidades del sector privado. Es, simplemente, recordar que el oficio del agente aduanal no es un fenómeno local o aislado. Se trata de una función reconocible en el comercio internacional, con experiencia acumulada y con una contribución posible a la agenda de facilitación, seguridad y conformidad.

La propia conducción institucional del PSCG, con Jaime King, de la IFCBA, en la presidencia, y Colm Leonard, de IBM, en la vicepresidencia, ilustra la diversidad de perspectivas que la OMA procura reunir: por un lado, la representación profesional de los customs brokers; por el otro, la experiencia corporativa en comercio, tecnología, compliance y regulación. Esa composición es simbólica. Muestra que la modernización aduanera exige diálogo entre oficios, sectores, tecnologías e instituciones.

Tal vez la cuestión, por tanto, no sea escoger entre tradición e innovación. La buena aduana necesita ambas.

Necesita nuevas tecnologías, pero también memoria operacional. Necesita modelos de datos, pero también calidad en la información declarada. Necesita cooperación internacional, pero también profesionales que comprendan los efectos concretos de cada regla. Necesita diversidad, pero también densidad técnica. Necesita apertura, pero también criterios.

La reorganización del diálogo privado en la OMA puede ser una oportunidad importante. Una oportunidad para perfeccionar el PSCG. Una oportunidad para fortalecer la escucha institucional. Una oportunidad para ampliar voces sin perder experiencia. Una oportunidad para renovar sin vaciar la memoria. Una oportunidad para afirmar que la participación privada debe ser plural, ética, técnica, representativa y operacionalmente útil.

Para ello, algunos criterios parecen indispensables: representatividad real, experiencia operacional, capacidad técnica, participación activa, continuidad institucional, equilibrio regional, compromiso ético y aptitud para transformar directrices internacionales en práctica.

Porque la gobernanza aduanera sólo cumple su función cuando sus principios llegan al mundo real.

Y el mundo real de la aduana no vive únicamente en los grandes documentos internacionales. Vive también en el sistema que no acepta un dato, en la licencia que exige ajuste, en el documento que debe ser interpretado, en la clasificación que define el tratamiento tributario, en el origen que condiciona una preferencia, en el canal de revisión, en el recinto, en el plazo, en la responsabilidad y en la mercancía que aguarda liberación.

Es en ese cotidiano donde la facilitación del comercio se confirma o se pierde.

La aduana moderna necesitará datos, tecnología, interoperabilidad e inteligencia. Pero también necesitará prudencia institucional, experiencia práctica y escucha calificada. En ese horizonte, el agente aduanal no debe ser recordado como un simple interés sectorial, sino como un oficio singular de la facilitación del comercio, de la conformidad y de la confianza aduanera.

Porque antes de que la mercancía cruce la frontera, siempre hay una norma que interpretar, una información que organizar, una responsabilidad que modular y una confianza que construir.


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